
En el zoo de Lisboa hay un orangután que se hace selfies con la palma de la mano mientras se ríe a carcajadas. El primate ... solo ha conocido a personas con un dispositivo rectangular en la mano. Probablemente no sepa lo que es una fotografía, pero no puede evitar mofarse de esas caras sonrientes posando ante el aparato. Los humanos le hacen canciones y él, encerrado en un decorado, se venga pasándoselo pipa.
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En 2007 cerró el zoo de Almendralejo. Muchos creen que su declive está relacionado con una nueva sensibilidad por el mundo animal o con los documentales de La 2, que te ponen en el sofá de casa imágenes espectaculares de los lugares más recónditos. Sin embargo, soy de la opinión que estas colecciones de fieras decayeron cuando descubrimos que nuestra sociedad era en sí misma un zoológico en el que estaban representadas todas las especies. El Gran Hermano sustituyó al zoo.
El tren extremeño es una buena muestra de la variedad del mundo animal que esconde la encarnadura humana. Con los bonos de media distancia, sale más barato que pagar la entrada al zoo de Lisboa para ver a un orangután tronchándose. Eso sí, en el tren todo es impredecible, hay días en los que no pasa nada y otros en los que se convoca el jumanji. Así ocurrió el 25 de marzo, cuando un derribo en Navalmoral de la Mata cortó la línea con Madrid. Este diario informó, basándose en datos facilitados por Renfe, que los trenes viajaban con dos horas de retraso. No era cierto, fueron muchas más.
En su mayoría, los extremeños de toda edad y condición que viajamos en el tren pertenecemos a la familia de mamíferos herbívoros. Pastamos tranquilamente ante cualquier incidencia pues sabemos que el día sucede a la noche y así sucesivamente. Somos rumiantes. Se escucha alguna lamentación-balido y mucho ¡Perro Sánchez!, pero vaya, sabemos que nuestro destino es acabar en el horno en Navidad. Los viajeros provenientes de Madrid dan más juego. Son los habitantes de la sección de grandes felinos y llevan en la frente advertencias de «peligro, fieras sueltas». Se saben superiores, más rápidos y fuertes. Se alimentan de nosotros. Sus rugidos se escuchan en toda la dehesa y creen que su tiempo –los minutos que transcurren entre vídeos de gatitos– vale más que el nuestro. Seamos empáticos: están acostumbrados a tenerlo todo al instante, a que los humanos del continente americano les lleven hamburguesas a casa a las dos de la madrugada o en mitad de una terrible ventisca –«¿propina? ¡Ja!»– y claro, pues gruñen y amenazan con abogados y reclamaciones. «¡Esto es el tercer mundo!». Ilusos… no saben que las vallas están electrificadas.
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El espectáculo estrella del zoológico es a las 16.20 en la estación de Atocha. Reserven su entrada, no se arrepentirán. A esa hora, y todos los días, se produce el despeñamiento de señoras mayores por las escaleras mecánicas. Hay que verlas, qué piruetas, qué rostros de pavor, cómo ruedan las maletas, cómo chillan los figurantes, cómo se empotran las carnes contra el suelo, cómo crujen las caderas, cómo rasgan las cuchillas los pantalones y las medias. Las señoras lo hacen tan bien que hasta el más prevenido pudiera llegar a pensar que se están cayendo de verdad.
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