En el río Tajo, allá por el año 1964, se construyó una presa conocida como presa de Valdecañas que dio lugar posteriormente a la creación ... en 2012 de la Zona de Especial Protección de de Aves (ZEPA) del embalse de Valdecañas, con una superficie de 7.178 hectáreas. En este espacio en el año 2006 se edificó el conocido como complejo Marina Isla de Valdecañas. Básicamente el complejo lo conformaba un campo de golf, un hotel, un embarcadero y unas 200 viviendas. Recurrida su construcción por asociaciones ecologistas, el Tribunal Supremo ordenó, en sentencia de 2014, el derribo total de todo el complejo, restituyendo los terrenos a su estado original. Tras reiterados recursos en estos momentos se está a la espera de las resoluciones que emitan tanto, el Tribunal Supremo como el Tribunal Constitucional. Otro actor en todo este proceso ha sido el Tribunal Superior de Justicia de Extremadura (TSJEx) que en un fallo de 2020 dictamina que se mantenga lo construido y se realicen algunas actuaciones en el complejo referentes a regeneración ambiental.
Decía un amigo magistrado que además de aplicar correctamente las leyes, los jueces debían tener sentido común en sus resoluciones. Entiendo que la sentencia del TSJEx está llena de sentido común manteniendo lo construido con las modificaciones ambientales pertinentes. Lo que no tiene ningún sentido común es que el actual gobierno de la Junta de Extremadura haya recurrido esta resolución.
Veraneo desde hace muchos años en un pueblecito de Ávila, en el entorno de la Sierra de Gredos. El pueblo está a las faldas de un valle coronado por el Calvitero –el pico más alto de Extremadura, con sus 2.399 metros– y la Ceja –pico más alto de la provincia de Salamanca, 2.428 metros–. Lugares donde llega ancestralmente, en los meses de estío, el ganado transhumante procedente de la cercana Extremadura. Mis paseos matinales por el entorno del pueblo los realizo entre robles, castaños, fresnos, alisos, piornos, serval de los cazadores –qué belleza de este árbol cuando produce sus frutos rojos–. Entre cascadas de agua, el sonido de las bandadas de abejarucos y escuchando el silencio. Un paraje de enorme belleza. Mandé unas fotos del lugar a una diputada extremeña muy comprometida con la naturaleza y defensa del medio ambiente en Extremadura. Su respuesta fue «¡Qué maravilla!». «Así es», le respondí; es un pueblo que no hace mucho tiempo tenía 700 habitantes y ahora apenas llega a 20 en invierno. Esta aseveración se puede aplicar en Valdecañas.
Si el objetivo de los grupos ecologistas es defender el medio ambiente en nuestra tierra, se puede afirmar que el complejo está ubicado en la zona más transformada de toda la ZEPA y ambientalmente está ahora mejor que cuando contaba con las 53 hectáreas de eucaliptos y servía de basurero a los pueblos de El Gordo y Berrocalejo. Invitaría a los alcaldes de estos pueblos, a los propietarios y a la Junta de Extremadura a que instaran a los ecologistas para que volvieran a recabar la opinión de los técnicos de Doñana para ver si mantenían su afirmación de que derribar todo el complejo sería la mejor opción o tal vez se percataran de que Valdecañas no se ha empobrecido ambientalmente. Fácil deducción porque los animales, y en especial las aves, lo que requieren es comida, arbolado, agua y tranquilidad que básicamente es lo que los campos de golf aportan. Si esta aseveración fuera así, que lo es, al igual que la asociación ecologista Adenex retiró la denuncia, instaría al grupo de Ecologistas en Acción a que quitaran la misma denuncia, ya que si su objetivo es la defensa del medio ambiente ahora la superficie se ha enriquecido y una demolición total de todo lo construido produciría un mayor daño. Añadir a todo lo anterior el coste desproporcionado que supondría el derribo y la pérdida de puestos de trabajo, en una zona ya de por sí muy despoblada. O tal vez Ecologistas en Acción, al igual que solicita el derribo de todo el complejo, se supone que restituyendo el eucaliptal de la zona para devolverlo a su estado original, siguiendo las directrices de la Ley de Restauración de la Naturaleza, también debería requerir la demolición del muro de la presa que eso sí, al modificar el curso natural del río Tajo, alteró gravemente el ecosistema.
En una entrevista en este mismo medio afirmaba que «no solo no había que derribar Valdecañas sino hacer del lugar una oportunidad ecológica». La segunda parte de mi afirmación parece que se está cumpliendo. Habrá que esperar las resoluciones del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional para ver si se derriba el complejo o se aplica el sentido común en un proceso que ya dura más de 16 años.
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