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Los boomers también fuimos jóvenes, inexpertos, de izquierdas y, como tituló García Márquez una recopilación de artículos escritos cuando nosotros nacíamos, «felices e indocumentados». Padecíamos ... soberbia intelectual y estábamos enfermos de superioridad moral. Nuestros padres nos soportaban porque teníamos 20 años y a esa edad se perdona todo. Ellos sabían que existe un componente transversal llamado condición humana que a todos nos iguala. Y nos avisaban: «Ya aprenderéis que nadie está en posesión de la verdad y que todos cometemos errores». Y sí, era cierto. Crecimos e intuimos enseguida que no debíamos criticar los deslices de vecinos y parientes porque algún día se descuidarían nuestros hijos y no nos gustaría que los despedazaran.
En política, sucede algo parecido. Los partidos veteranos ya saben que no pueden presumir de perfección. El PSOE de los 80 lanzó aquel «Cien años de honradez», pero aprendieron: no han vuelto a proclamar su blancura. Y en el PP, como no presumen de puros, se les perdonan los pecados con más facilidad que a quienes van por la vida de inmaculados.
Son los partidos radicales y jóvenes los que mueren por la boca. Creen que van a cambiar el mundo con sus buenas intenciones, presumen de virtuosos y se olvidan de la condición humana, que acaba profanando las ideas. Sobre ellos, Rodríguez Ibarra, sabio y venerable, dijo: «Hay que esperar». Y, efectivamente, la condición humana actuó y mancilló la pureza. Cuando un político joven destila superioridad moral y soberbia intelectual, los partidos deberían contratar a un asesor veterano que le susurrara al oído: «Recuerda que eres humano y, por tanto, proclive a la lujuria y a la codicia».
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