Quizás a usted le ocurra lo que a mí. En tiempos oscuros, como los que vivimos, tratamos de buscar luz, claridad y certezas a lo ... que ocurre, de forma compulsiva. Lo primero es esperar que las élites políticas e intelectuales ofrezcan una explicación plausible; se supone que esta es una de sus funciones: pero no lo hacen o lo hacen mal. Con frecuencia incorporan sesgos partidistas e ideológicos, según los casos; además de torpes y balbuceantes respuestas a los complejos interrogantes que nos desvelan. Así que acabamos como pollos sin cabeza, tratando de averiguar en qué momento nos encontramos, cuáles son las claves de este nuevo contexto y porqué. Nos preguntamos si hay alguien ahí afuera que nos diga qué hemos de hacer como ciudadanos y como sociedad.
Nos ocurrió con la pandemia, en ese marzo de hace cinco años que ahora rememoramos. Y nos ocurre ahora, con otra pandemia apellidada Trump. Ni podcast, ni periódicos, ni tertulianos, ni Informe Semanal, ¡ni leches!; mi único asidero en estos tiempos de zozobra son los libros. Tres en concreto. Creo que esta triada conecta bien entre sí. Poco a poco me están aportando algunas claves y no pocas reflexiones, desde ángulos diversos y complementarios. Permítame compartirlo con usted, en la esperanza de que, si tiene otros asideros de esta índole, tenga a bien, también, compartirlos conmigo.
La megamáquina es el sistema en el que estamos instalados, que tiene hondas raíces históricas y sociológicas, que cobran identidad definitiva a partir del siglo XVIII en lo que Max Weber definió como «ética protestante y espíritu del capitalismo», refiriéndose específicamente al calvinismo. Fabian Scheidler, haciéndose eco de Mumford explica que la «Máquina», en este caso, no equivale a un aparato técnico, sino a un engranaje de organización social que parece funcionar de forma autónoma, al margen de la voluntad de la mayoría. Trump y Elon Musk encarnan a la perfección a los CEO de la megamáquina, resumen la concentración, a escala planetaria, de las estructuras económicas, estatales, e ideológica del sistema: «razón», «civilización», «desarrollo», «libre mercado» y los «valores occidentales», supuestamente superiores. La megamáquina está de celebración en estos días, cuando vuelven a sonar tambores de guerra en Europa. El militarismo, parte estructural de la megamáquina, se legitima en cada rincón. Sin embargo, el libro de Scheidler, que tiene un título inquietante, augura la llegada de este tren a su última estación, si es que no descarrila antes: «El fin de la megamáquina. Historia de una civilización en vías del colapso».
Enlazando con el discurso de fin de la historia, está la micro psicología-social de Mirie-France Hirigoyén sobre el acoso moral. Desentrañando a los abusones de patio de colegio, de las redes sociales, en las instituciones, en las empresas, en la política y ahora, de nuevo, representado en tipos descarados y zafios como Putin, Trump, Netanyahu, y un largo etcétera. La violencia perversa en la vida cotidiana forma parte de la megamáquina y hoy es entronizada por corrientes ideológicas negacionistas, como si no hubiésemos vivido lo suficiente como para tener memoria de lo que hemos vivido. No se entiende esta perversión del sistema-mundo sin líderes tóxicos y sin una ciudadanía dispuesta tolerar sus dictados. Estos acosadores, pues la mayoría son hombres, se muestran ya sin tapujos en todos los círculos sociales. Scheidler tiene una frase terrible que enlaza la megamáquina con los abusones: «Para entender la historia de la civilización que domina actualmente el planeta, hay que contar la historia de los efectos del poder, de las heridas y perturbaciones que estos han dejado en los seres humanos y en su imaginario colectivo» (Scheidler, 2024, página 66). A pesar de lo cual, la dialéctica hegeliana sigue explicando el cambio social. Por eso estoy esperanzado en que este fin de la historia no sea definitivo, y que sabremos construir una nueva realidad. Lo explica Leonardo Boff en el que debe ser su último libro. Recurre a un cuento antiguo, para hablar de la mesura, la justa medida. El cuento es 'El pescador ambicioso y el pez encantado'. Los excesos de toda índole, de esta sociedad hiperconsumista, son ya parte del problema. En lo personal, en lo social, a nivel planetario Boff denuncia los excesos como prueba de la pérdida de la justa medida y la falta de moderación, condiciones necesarias para quebrar el equilibrio básico de nuestro sistema-mundo. Para Boff, es urgente explorar nuevas formas de repartir, distribuir y administrar. Encontrar la justa medida de las cosas, e iluminar las vías de su realización hacia una ética y una espiritualidad nuevas, que se replantee algunas certezas que nos han abocado a este desastre. Por tanto, la mesura es nuestra responsabilidad, y es la clave de bóveda que soporta la tensión entre este sistema megalómano y los tiranos abusadores.
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.