Si bien este título puede parecer evidente, no es menos cierto que la creencia popular sobre los ríos conduce a un sinfín de manifestaciones contrarias, ... muy simplistas y erróneas.
Cada vez que acontece un periodo donde las precipitaciones superan un determinado valor, que provoca el desbordamiento de los ríos, podemos escuchar el mantra «es que los ríos no están limpios». Pero la cruda realidad nos ha de trasladar a otro escenario: los ríos no son canales.
El río y su cuenca vertiente constituyen un sistema perfectamente engranado para su funcionamiento natural. Este sistema se autorregula: sabe qué hacer en el caso de que las precipitaciones sean más o menos intensas y/o duraderas, adaptándose a diversas tipologías, pero nunca a la de un canal uniforme. El río sabe cómo disipar la energía que la meteorología le traslada, para poder soportarla mejor la próxima vez. Porque siempre habrá una próxima vez. Es decir, siempre existirá un riesgo, y debemos convivir con él.
Por tanto, no debemos empeñarnos en modificar continuamente este sistema natural, pues nunca seremos capaces de controlarlo totalmente. Lo que tenemos que hacer es adaptarnos, o dicho de otra manera, gestionar el riesgo de inundación.
Para ello se elaboran, cada seis años, los Planes de Gestión del Riesgo de Inundación (PGRI), que son instrumentos de planificación enfocados directamente a esta cuestión. Contemplan medidas dirigidas, tanto a la prevención, como a la preparación y/o protección ante fenómenos de inundación, así como a la recuperación tras estos episodios.
Los PGRI de las Demarcaciones Hidrográficas Intercomunitarias, para el periodo 2022-2027, están a punto de aprobarse, e incluyen todas las medidas que se han considerado necesarias para que los efectos perniciosos de las inundaciones resulten lo menos significativos posible.
Contienen un gran abanico de medidas, entre las que no se incluye la «limpieza» de los ríos, salvo lo concerniente a basuras y residuos artificiales. Si «limpiamos» los ríos, eliminando su vegetación asociada, incluso la seca, dragando su sedimentación natural y, en definitiva, disminuyendo su rugosidad, conseguiremos canales donde la velocidad de la corriente se dispararía y, en el caso de una crecida, incrementaría notablemente la peligrosidad. Si además colocamos diques longitudinales (o motas) a ambos lados, estaremos todavía más falsamente protegidos y, en caso de desbordamiento, los efectos serán todavía peores y más duraderos.
A lo que tenemos que aspirar es a que los ríos consigan funcionar el máximo tiempo por sí mismos, como sistemas autorregulados, pero para ello se necesita algo fundamental: territorio. Desgraciadamente el territorio fluvial es un bien escaso, que históricamente no ha sido respetado. La especie humana se ha establecido demasiado cerca de los cauces de los ríos, a veces incluso encima de ellos, minusvalorando su poder, y usurpando su espacio. Pero cuando los ríos lo creen conveniente, crecen y «muestran sus escrituras» a la sociedad, una y otra vez.
Las medidas que sí se incluyen en los PGRI son las de conservación y restauración de cauces y ríos, así como las de mejora de la continuidad y recuperación del espacio fluvial, que, en el caso de la cuenca del Guadiana, son las más importantes en cuanto a presupuesto destinado, superando los 110 millones de euros.
Otras medidas fundamentales son las relacionadas con la ordenación territorial y el urbanismo, para que no se vuelvan a cometer los errores del pasado, a la hora de establecerse sobre el territorio poblaciones y actividades económicas. Si bien estas medidas resultan mucho más económicas en cuanto a presupuesto, sus efectos beneficiosos pueden resultar enormes.
También las relativas a la gestión y explotación de los embalses, entre las que se incluye la laminación de avenidas, y las de mejora del drenaje de infraestructuras lineales que atraviesan los cauces.
No menos importantes son las medidas para establecer o mejorar los sistemas de medida y alerta, tanto meteorológica como hidrológica, así como los de ayuda a la decisión; en primer lugar, como instrumentos de preparación ante las inundaciones, y, en el caso de que ya se hubieran producido, para aprender y mejorar de cara al futuro.
En resumen: es mucho lo que se puede hacer y lo que, previsiblemente, se hará, pero en ningún caso la disminución del riesgo de inundación pasa por «limpiar» los ríos, porque los ríos no son canales.
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