Alguna vez, antaño, cuando fuimos al dentista, u odontólogo, a que nos solucionara el tormento de alguna muela cariada, que nos torturaba noche y día, ... a las primeras de cambio, y terciados en el sillón cruel de la inmolación, Zenón Enríquez en Cáceres, o el doctor Seirulo en Salamanca, nos clavaba una aguja par de la muela traidora, y veíamos las estrellas. Después, ya mayorcitos, acudimos al amigo Piru (Juan Luis Valhondo) y la cosa había templado gracias a Dios. El «jerronazo» ya apenas se sentía y Juan Luis nos arregló los desperfectos bucales estupendamente. He ahí que el tiempo no perdona y de vez en cuando aparecen grietas en las estructuras molares o dentales, que hay que solucionar, y por ende acudimos a que Josemi (Delgado Buisán) nos alivie el deterioro. La anestesia ya ni se nota. Menos que el delicado picorcito de un caramelo de menta. Y bien.
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¿Creen que voy a escribir sobre los efectos de la anestesia en las visitas a la clínica dental? Pues no. La anestesia que me agobia y consume es la de esta sociedad idiotizada que ha creado una educación criminal, que se puso en marcha hace casi cuarenta años. ¿Qué dice usted? Pues eso, exactamente. Caen rayos, truenos, relámpagos y cataclismos sobre la gente; pero no se dan por aludidos. Aquí lo que priva es que gane el Madrid (mejor el Atleti) y pónganos otra de gambas. Si nos cuecen a impuestos o nos denuncian por un quítame allá esa rama del árbol, nos da lo mismo. Aquí campea a su aire la maldita Leyenda Negra, pero ni nos damos por aludidos. Dicen que esto es el paraíso de las renovables. Y cada vez llenan más el campo, los montes, con esas horrorosas placas solares y los visos y perfiles del horizonte con los malditos molinos de viento. No los de Don Quijote, no; que aquellos eran gigantes, estos otros blancos, que da como no sé qué mirar el paisaje y ver esas moles insulsas ¡Qué va a haber pajaritos canoros ni fauna silvestre! Cada vez menos. Pero miramos para otro lado. La anestesia de la mala educación nos ha idiotizado sin remedio. No aquella a la que se refirió el célebre cineasta. La que pusieron en marcha, que llamaron primero Logse, y luego más cosas, y que premia la vagancia, el wokismo y las idioteces melindrosas que nos procura la inexorable anestesia. ¿Quién tiene mucha culpa de este letargo indecente, esta ceguera vergonzosa y esta ignorancia supina? Sí, la televisión, las televisiones; pero no generalicemos. Poco, pero alguna cosa se puede salvar. Cierto que desde La 1 a la Treinta y uno, no hay más que «panen et circensis». Programas cochambrosos en los que lo que hay que hacer es berrear, decir gansadas y hacer gala de de un mal gusto que da grima. Ahora bien, y gracias al cine clásico, de vez en cuando la épica y la lírica nos alivian el dolorido sentir. Entre esas colinas imponentes del Monument Valley, aparece un jinete solitario que regresa a casa, y va a encontrarse con el inicio de la tragedia. Un poco de anestesia para soportar el estado calamitoso de… tantas cosas.
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