El pasado miércoles, 24 de marzo, recibí una llamada telefónica de un número de esos largos comunicándome que podía recibir la vacuna contra la covid- ... 19 al día siguiente en el Hospital Universitario de Cáceres. Podría ir a cualquier hora entre las 8.30 y las 14.00, sin más precisión horaria, y con el DNI.
La llamada me cogió por sorpresa, pero no dudé ni un instante en responder: sí, allí estaría. Más que preguntar, confirmé que se trataba de la vacuna de AstraZeneca, pero eso no me hizo desistir, convencido de que la mejor vacuna es la que está en mi brazo.
Por edad, estoy incluido en esa franja de entre 55 y 65 años a la que de pronto se le ha adjudicado esta vacuna, y que hasta ahora quedaba en territorio de nadie, aunque es precisamente el grupo que con mayor virulencia está sufriendo las nuevas variantes del coronavirus.
Aun convencido de su beneficio, al colgar quise asegurarme de que todo iba bien con las vacunas de esta empresa, que tiene un nombre algo presuntuoso, AstraZeneca, como de filosofía sideral. Descolgué el teléfono e hice algunas consultas directas. En un colegio de la ciudad, los profesores y trabajadores comprendidos entre 45 y 55 años se habían vacunado sin mayores molestias que el dolor de cabeza y malestares, aunque en otro centro me hablaron de casos de fiebre alta.
Hice una segunda llamada a una sobrina médica que trabaja en un gran hospital de Madrid. Me recomendó que, dada mi edad, no dudara en vacunarme, que todos los días atendían en consulta a gente con trombos sin haberse vacunado. Como mi informante anterior, me aconsejó que me tomara unas horas antes un paracetamol para evitarme o atenuar las probables molestias.
Supongo que otros tendrán referencias de otros especialistas o usuarios. Esas son las mías, y con ellas acudí al día siguiente al Hospital Universitario. Cuando llegué, el aparcamiento parecía el de una fábrica de coches y tardé en encontrar un hueco. La zona para las vacunaciones está en un pasillo en curva entre dos módulos, de modo que no se veía el final de las dos colas: una primera para registrarse y una segunda para la inyección. En total, una hora y media de espera, con la gente guardando la distancia y respetando su turno con el mismo civismo que ya ha demostrado en tantas ocasiones anteriores.
Me sorprendió la levedad del pinchazo, el de un mosquito, porque en televisión había visto jeringas con agujas muy finas y muy largas. Luego, quince minutos de espera por si hubiera alguna reacción. Una paciente se sentó a mi lado y, muy contenta, dijo en voz alta: «Esta vacuna ya es mía para siempre, no me la quita nadie». «Entonces, ya puedes dimitir, como los políticos», respondió alguien.
Antes de salir recogí el certificado de la primera dosis, con la fecha de la cita para la siguiente y la tranquilidad de que tu cuerpo desde ese momento ya estaba generando escudos y trincheras contra el bicho.
Eso ocurrió el jueves 25. Hoy, viernes, cuando escribo este artículo, veinticuatro horas después, por fortuna, el único síntoma que sufro es un dolor en el lugar del pinchazo y molestias en las articulaciones. Pero el termómetro no pasa de 36.2º y mi cuerpo no ha reaccionado con fiebre, ni malestar, ni náuseas, ni fatiga, ni dolor de cabeza. Ninguna señal extraña ha aparecido en mi piel. Y confío en que continuará así.
A la espera de la segunda dosis para la inmunización más completa, no tengo ninguna duda de la conveniencia de la vacuna, aunque comprendo los miedos y recelos de otras personas. El miedo es emocional y es libre, y quien lo sufre merece todo el respeto.
La que no lo merece es la conspiranoia que, antes de basarse en datos y experiencias, niega la bondad de las vacunas desde postulados delirantes, ajenos a toda ciencia, pero a los que pretende dar un contenido racional usando argumentos propios del Homo antecesor de Atapuerca, cuando estamos en el siglo XXI.
A mí, los actuales negacionistas me recuerdan a aquella secta de los Peculiares (Peculiar People), fundada en Londres a mediados del siglo XIX que no creían en la medicina y solo confiaban en la curación por la fe, por la oración y por la unción con óleos. Lo trágico es que murieron algunos niños a causa del fanatismo paterno. Casi es innecesario decir que los Peculiares no duraron mucho y que comenzaron a disolverse en cuanto vieron que sus oraciones nada podían contra un virulento brote de difteria.
Frente a los conspiranoicos, en el otro extremo hay quien defiende la obligatoriedad de la vacuna o la posibilidad de multar a quien no se la ponga.
No creo que tampoco ese sea el camino para llegar a la inmunidad colectiva, entre otras cosas porque a medida que la población se vaya vacunando quedarán menos posibilidades de contagio, pero sobre todo porque las mejores lecciones son las que se dan con el ejemplo, no a base de imposiciones. Ni la letra con sangre entra ni la vacuna avanza con amenazas.
Ahora me toca esperar hasta el 17 de junio para recibir la segunda dosis. Si todo va bien, imagino un verano libre de movimientos.
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