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Mirador del Salto del Gitano. Fotolia
Monfragüe: Cielo, tierra y agua

Monfragüe: Cielo, tierra y agua

El pulso de la provincia de Cáceres fluye por un gran valle de treinta kilómetros de largo y seis de ancho en el Parque Nacional. Esta Reserva de la Biosfera combina tres elementos vitales que hacen de cada visita una nueva experiencia de aprendizaje

troy nahumko

Domingo, 19 de diciembre 2021, 08:11

El nombre poético colectivo de los buitres es 'bandada'. Las palabras riman con el ronroneo rítmico de una Harley Davidson perteneciente a una banda que copió el nombre. La palabra, al menos para un inmigrante como yo, era nueva, y cuando se aprende otro idioma, el contexto es crucial. Aquí, en el Parque Nacional de Monfragüe, ese no es problema. La palabra correcta podría ser bandada, pero aquí se puede describir más precisamente como una 'inevitabilidad'. Una inevitabilidad de buitres, imagínese. En otros lugares, ver de cerca a estos drones carroñeros puede ser cuestión de suerte o de un par de animales muertos. Aquí, donde el río Tiétar se une a la principal arteria de la provincia de Cáceres, el otrora poderoso Tajo, nada de eso es necesario.

Unas horas antes, oteando el cielo desde las murallas de la alcazaba de Trujillo, el azul penetrante aparecía pintado aquí y allá de estelas de vuelos con destino a Lisboa o Canarias. «Deben estar ocupados en otra parte», dice mi acompañante. «Esa es una de las cosas que más me gustan de venir aquí, no solo que tienes una gran vista, sino que los buitres pueden verse a menudo planeando en las corrientes térmicas. Desde aquí es el cielo y la tierra, pero al borde del horizonte, en el parque, añadimos agua a nuestra aventura».

Bajo cielos inmensos, las granjas de ganchillo conducen a Huertas de Ánimas y más allá. En ellas se cría el ganado vacuno y ovino responsable de los singulares quesos que se encuentran por aquí. Pude comprobar que todo el ganado estaba aún muy vivo y, por lo tanto, tenía poco interés para las bandas de motoristas del cielo. A diferencia de los tiburones u otras criaturas a las que tememos instintivamente, los buitres no buscan la comida por el olfato sino por la vista. Al formar cuadrículas simétricas en los cielos, buscan señales de carroña mientras escudriñan la tierra.

Castañares: «El río Tajo es la columna vertebral del Parque Nacional. Sin él, el Parque no existiría»

Los buitres son siempre los malos de la película. Desde Blancanieves hasta el Robin Hood de Disney, son los villanos directos o, como en el caso de Robin Hood, los que consienten el mal. Cuando en realidad, desde los templos zoroástricos en Irán, hasta los desiertos de México o las dehesas de Extremadura, no hacen más que cumplir con su trabajo, mantener el mundo limpio y sano.

Sin embargo, estos basureros aéreos pueden, a veces, dar la impresión de ser una pandilla depravada. Cuando encuentran comida, tienden a atiborrarse hasta el punto de que les resulta difícil levantar el vuelo y pueden regurgitar la comida para aligerar su carga, lo que les hace parecer aún más decadentes. Pero con esta decadencia viene el ingenio, aunque algo macabro. Los quebrantahuesos suelen transportar sus cadáveres a grandes alturas, para luego aplastarlos contra unos despeñaderos y así llegar al tuétano; brutal, pero efectivo.

La cola de Alcántara en el río Tiétar. Panorama de Monfragüe. Buitre aterrizando en el Parque Nacional de Monfragüe. Paco Castañares/Troy Nahumko/Kevin Postle
Imagen principal - La cola de Alcántara en el río Tiétar. Panorama de Monfragüe. Buitre aterrizando en el Parque Nacional de Monfragüe.
Imagen secundaria 1 - La cola de Alcántara en el río Tiétar. Panorama de Monfragüe. Buitre aterrizando en el Parque Nacional de Monfragüe.
Imagen secundaria 2 - La cola de Alcántara en el río Tiétar. Panorama de Monfragüe. Buitre aterrizando en el Parque Nacional de Monfragüe.

En el lejano horizonte, más allá de los llanos de Trujillo y del profundo pliegue por el que el río Almonte atraviesa el verde más profundo de las dehesas, un agudo pliegue montañoso se vislumbra en el este, corriendo desde el Pico de Miravete hacia el noroeste en dirección al Salto del Gitano. En uno de esos quiebros lejanos en el horizonte donde el azul se une al verde y al gris, el Tajo agujerea/horada una peña en Monfragüe, dejando unos Pilares de Hércules sin salida al mar para que los buitres circulen por encima de la estela del río. Salimos de Trujillo por la EX-208 hacia el norte hasta nuestra siguiente parada, Torrejón el Rubio y el Centro de Arte Rupestre de Monfragüe, seguida de una visita guiada a una de las cuevas más famosas cerca del castillo, que habíamos reservado con antelación en la oficina de turismo del mismo pueblo.

El selfi en la Cueva del castillo. | Troy Nahumko
Imagen - El selfi en la Cueva del castillo. | Troy Nahumko

El Parque es conocido por su ornitología, su bien conservados bosque mediterráneo y matorrales. Pero esta zona no solo ha sido modelada por la naturaleza; el ser humano ha desempeñado durante mucho tiempo un papel importante en su evolución, y su huella puede verse en la propia roca que conforma el parque.

Los romanos conocían la zona como mons fragorumm, denso bosque de montaña. Pero los homínidos estaban presentes en la zona mucho antes de que los romanos y nuestros antepasados genealógicos hubieran dejado un registro de sus vidas pintado en los abrigos de más de 100 sitios diferentes de todo el parque. Monfragüe es uno de los cinco centros de la provincia de Cáceres que forma parte de los Caminos de Arte Rupestre Prehistórico de Europa.

Antes de hacer este viaje hablé con alguien que conocía bien la zona, Paco Castañares, presidente de Amigos de Monfragüe y exalcalde de la cercana Serradilla. Le pregunté por el complicado baile que supone compaginar un Parque Natural con los numerosos pueblos que lo componen. Su respuesta me lo aclaró mejor: «Monfragüe es el resultado de la interacción humana con el medio desde hace ya 10.000 años. Sus primeros habitantes fueron nómadas cazadores que llegaron buscando alimento. Aquí encontraron tanto que los nómadas se convirtieron en sedentarios, cultivaron la tierra, aprovecharon los productos del bosque y pastorearon con su ganado, y con el tiempo fundaron los primeros núcleos habitados de manera permanente que después derivaron en los pueblos». Sus perspicaces palabras destacaron la evidente imposibilidad de separar la huella de la humanidad de la historia del parque. Las cuatro exposiciones diferentes en las cabañas del centro de interpretación dieron vida a sus palabras y me hicieron reflexionar sobre lo siguiente que añadió: «Ignorar eso es desconocer que el actual Parque Nacional es el resultado de 10 milenios de interacción humana en un entorno privilegiado que mantuvo sus valores naturales de forma modélica. Las gentes de Monfragüe siempre se llevaron bien con su entorno y lo cuidaron y modelaron con mimo».

Bajo la tutela de los buitres que revoloteaban, subimos al castillo y exploramos los catorce yacimientos de los alrededores

Bajo la tutela de los buitres que revoloteaban por encima, subimos al castillo y empezamos a explorar los 14 yacimientos de los alrededores, que van desde el Epipaleolítico hasta la Edad de Hierro, pasando por grafitis tartésicos, todo ello mientras observamos con nuestros propios ojos los cambios culturales de las diferentes edades. Y entonces lo vi: allí, en la rugosa roca, un selfi prehistórico atemporal. Un grupo de hombres extravagantemente masculinos, algunos recién salidos de la peluquería, haciéndonos saber que ellos también estuvieron aquí una vez bajo estos mismos cielos, acariciando esta misma roca.

Al salir del abrigo, el cálido sol de otoño se reflejaba en el hilillo de corriente del río, ayudando a crear las corrientes térmicas sobre las que cabalgaban los buitres. Allí abajo estaba la última pieza del puzle de Monfragüe, la que unía el cielo, la tierra y el agua. Con la mirada puesta en el Pilar opuesto, las sabias palabras de Paco volvieron a venir a mi mente: «El río Tajo es la columna vertebral del Parque Nacional. Sin él, el Parque no existiría. Monfragüe es un gran Valle de 30 kilómetros de largo y seis de ancho. Está formado por el río Tajo desde su espectacular entrada en el Salto del Corzo hasta su no menos espectacular salida en el Salto del Gitano. Quien descarte el papel del río en Monfragüe no conoce el parque». Después de muchas visitas, sigo siendo un aprendiz.

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