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Solo 31 de los 388 municipios que hay en Extremadura tienen hoy más habitantes que hace diez años, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). ... A efectos demográficos, la última década ha sido un puñetazo en el estómago para la región, como para casi todo el país. Las cifras dejan claro que el fenómeno de la despoblación no excluye a casi nadie, y afecta lo mismo a pueblos que a ciudades, da igual que estén al norte que al sur, al este o al oeste del mapa autonómico. Las cifras oficiales dibujan en la comunidad solo pequeñas islas: 23 localidades cacereñas y ocho pacenses. Ellas son la resistencia.
«Y si en lugar de la última década, miráramos el último lustro, probablemente no habría 31 municipios que han ganado población, sino todavía menos», advierte Antonio Pérez Díaz, doctor en Geografía por la Universidad de Extremadura, donde imparte clases. «De hecho –añade el experto, que lleva décadas estudiando este tipo de variables a escala regional–, la despoblación es un fenómeno tan generalizado que sorprende que haya municipios donde no se da».
Entre esos 31 elegidos, solo hay cuatro ciudades. Son Cáceres –que el año pasado tenía 95.418 empadronados y diez años antes, 95.026–, Mérida (ha pasado de 57.797 a 59.424, registrando el mayor incremento de la región en términos absolutos), Don Benito (de 36.660 a 37.275) y Zafra (de 16.577 a 16.786). Todas las demás poblaciones que tienen ahora en su padrón más nombres que hace diez años están por debajo del umbral de los cinco mil residentes. Y la mayoría de ellas no llegan al millar de vecinos.
Las 23 cacereñas son las siguientes (ordenadas de mayor a menor ganancia absoluta): Cáceres, Almaraz, Rosalejo, Ibahernando, Belvís de Monroy, Alagón del Río, Escurial, Gargüera, Pinofranqueado, Santa Cruz de la Sierra, Abadía, Collado de La Vera, Ruanes, Alcollarín, Saucedilla, Peraleda de san Román, Romangordo, Huélaga, Marchagaz, Villanueva de La Vera, Campillo de Deleitosa, Navaconcejo y Santa Marta de Magasca. Los ocho de la provincia de Badajoz son Mérida, Don Benito, Zafra, Mengabril, Don Álvaro, Torremejía, Manchita y Alconera, especifica el INE.
ANTONIO PÉREZ | doctor en geografía por la uex
antonio caperote | Alcalde de Villanueva de la Vera
En algunos casos, la respuesta a la pregunta de por qué ganan población debe incluir cuestiones de forma, relacionadas sobre todo con actualizaciones del padrón pendientes desde años atrás. Es lo que ocurrió en Ruanes, que lo hizo en 2018, según confirma la trabajadora municipal que se ocupa de esa tarea. Aún así, el resultado de esa actualización no fue un descenso de la población, como ha ocurrido en otros lugares, sino un incremento, al pasar de 62 vecinos a 86. Un aumento así, en un pueblo de este tamaño es algo inusual.
«En los últimos años se han empadronado unos cuantos», afirma su alcalde, el socialista José Rodríguez Picado, que recuerda algunos casos concretos. «Hace unos tres años, una familia se vino a vivir aquí porque el hombre tenía casa en el pueblo, y con él vinieron la pareja y los trillizos, así que el padrón creció de golpe con cinco vecinos más», detalla el regidor. «Y no hace mucho se instaló aquí también –añade– un matrimonio, él de aquí y ella colombiana, también con varios niños». «Yo creo que puede haber influido el tema de la fibra óptica, que hemos puesto una red de 600 megas, aunque Telefónica todavía tiene pendiente, ya desde hace bastante tiempo, completar la instalación, porque hay cuatro o cinco casas del pueblo a las que no llega esta red», completa Rodríguez, que vive entre Cáceres y Ruanes. «Ahora –anuncia–, vamos a licitar el bar y la tienda, y también vamos a poner un cajero, todo gracias a la Diputación de Cáceres».
Esa institución provincial la presidió Antonio Caperote, que desde hace siete años es el alcalde de Villanueva de La Vera (2.114 vecinos), una de esas 31 excepciones que confirman la regla. «Lo que dice el INE –plantea el regidor– responde a lo que vemos en el pueblo desde hace algo más de dos años, y es que está regresando gente de la que se fue a Madrid en los años setenta y se ha jubilado recientemente, y está volviendo también gente joven, a los que hay que añadir la llegada de emprendedores que han abierto aquí sus negocios o que teletrabajan».
Esta prosperidad demográfica de Villanueva de la Vera la avalan algunos otros datos constatables a pie de calle. Por ejemplo: que en el pueblo haya dos agencias inmobiliarias con varios trabajadores cada una. Que en el colegio haya 176 alumnos y unos 150 el instituto, aunque en torno a una treintena viajan cada día desde Talaveruela, Viandar o Valverde. Un dato más que certifica la singularidad de este municipio cacereño es que en su padrón «hay 29 ó 30 nacionalidades distintas, algunas tan lejanas como Australia, Canadá o Brasil», afirma el alcalde.
«En la zona rústica de nuestro término municipal, que es el más grande de la comarca, hay unas 250 viviendas, muchas de ellas de gente de Madrid o Talavera de la Reina (Toledo) que en algunos casos, tras la pandemia han decidido convertirlas en su primera vivienda en lugar de la segunda, de modo que en vez de vivir en Madrid y venir a Villanueva en fines de semana, puentes y vacaciones, ahora lo hacen al revés».
«Aquí se están vendiendo unas veinte fincas al año, y se están reformando casas en el casco histórico», añade el alcalde, que asegura que «las pequeñas empresas de construcción que hay en el pueblo no pueden atender todo el trabajo que les llega, y al Ayuntamiento siguen llegando memorias técnicas de intervenciones urbanísticas».
¿Hay una fórmula del éxito contra la despoblación? Caperote frena la euforia y deja claro que no todo el monte es orégano, pero sí da dos claves concretas. «Para retener a la gente en los pueblos –introduce– se tienen que dar dos circunstancias: que tengan una nómina y que en el pueblo haya servicios». «Aquí –sigue– tenemos colegio, instituto, residencia de mayores, servicio a domicilio de comidas, lavadora y plancha para los vecinos mayores que lo piden, centro de salud 24 horas, escuela de música...».
La clave laboral que él cita, la menciona también Antonio Pérez, que tiene claro que «la despoblación se frena con trabajo bien remunerado». «La tendencia poblacional regresiva afecta a pueblos y ciudades, y más tras la pandemia, que ha supuesto un aumento de la mortalidad», sitúa el profesor de la UEx, que aclara que el principal problema demográfico es el desplome de la natalidad.
Al final, lo que ocurre en muchos pueblos extremeños lo explican las matemáticas más simples: muere mucha más gente de la que nace y se marchan más de lo que llegan. «De este problema venimos hablando desde los años sesenta, y se están empezando a tomar medidas de calado ahora, o sea, con sesenta años de retraso», opina Pérez, que cree que los resultados empezarán a verse «dentro de dos décadas».
Esas mejoras que él sí considera útiles para frenar la despoblación no son desde luego los cheques bebé aún vigentes en algunos municipios –«no valen para casi nada», zanja–, y sí los permisos de maternidad y paternidad más largos, las subvenciones para pagar la guardería o el colegio y aquellas novedades que ayuden a conciliar la vida familiar y la laboral. Y la más importante de todas: el empleo. La experiencia reciente evidencia que sin empresas que den trabajo, los pueblos se vacían.
Apoya este argumento un dato: la localidad extremeña menor de cinco mil habitantes que más población ha ganado en la última década es Almaraz, donde está la central nuclear. En el año 2011 vivían en esta localidad cacereña 1.521 personas, y una década después son 1.700. O sea, 179 más. O lo que es lo mismo, su padrón ha crecido un doce por ciento en diez años. Una tasa que firmaría cualquiera de los otros treinta municipios extremeños que tienen hoy más vecinos que hace diez años, y que son un espejo para los otros 357 donde en este tiempo, el padrón no ha dejado de menguar.
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